Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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En el camino iban apareciendo surcos cada vez más hondos e insidiosos salientes de piedra. Después de dejar atrás tres casas de labranza, surgió ante ellos el pueblo: un grupo de techos grisáceos en torno a un alto chapitel blanco.

Gloria, al dudar entre dos vías de acceso y decidirse demasiado tarde, pasó por encima de una boca de incendios y rompió la transmisión del coche.

Ya había oscurecido cuando el corredor de fincas de Marietta les enseñó la casa gris. La encontraron nada más salir del pueblo en dirección este, donde descansaba recortándose contra un cielo que era un cálido manto azul abotonado con minúsculas estrellas. La casa gris ya había estado allí cuando las mujeres que tenían gatos eran probablemente brujas, cuando Paul Revere fabricaba dientes postizos en Boston antes de incitar a la rebelión a un gran pueblo de comerciantes, cuando nuestros antepasados desertaban gloriosamente del ejército de George Washington a centenares. Desde aquellos días la casa había sido reforzada en una esquina algo débil, la distribución era distinta, las paredes habían sido enlucidas recientemente, y contaba además con la adición de una cocina y de un porche lateral. Pero, con la excepción del tejado rojo de hojalata que algún patán con buen humor le había puesto a la nueva cocina, el estilo de la casa seguía siendo decididamente colonial.


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