Hermosos y malditos

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E invitados… al llegar a este punto Gloria y Anthony mantuvieron una larga discusión, ambos tratando de comportarse de manera extraordinariamente madura y previsora. Anthony sostenía que necesitarían gente por lo menos cada dos fines de semana «para cambiar un poco». Esto provocó un diálogo muy complicado y extraordinariamente sentimental sobre si Anthony no consideraba a Gloria cambio suficiente. Aunque él aseguraba que sí, ella insistía en ponerlo en duda… Finalmente la conversación recuperó su eterna monotonía: «Entonces, ¿qué? ¿Qué vamos a hacer en ese caso?».

—Bueno, tendremos un perro —sugirió Anthony.

—Un perro, no. Yo quiero un gato. — Gloria se extendió con gran entusiasmo sobre la historia, costumbres y gustos de un gato que había tenido en cierta ocasión. Anthony llegó a la conclusión de que tenía que haberse tratado de un ser horrible, tan carente de magnetismo personal como de verdadera fidelidad.

Después se durmieron, para despertar una hora antes del amanecer con la casa gris —adornada de fantasmal esplendor— danzando ante sus ojos deslumbrados.


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