Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Firmaron el contrato de arrendamiento aquella noche y regresaron jubilosos, en el coche del corredor, a un somnoliento y ruinoso hotel de Marietta, demasiado venido a menos incluso para los fortuitos y culpables encuentros que suelen tener por escenario cualquier hospedería rural al borde de una carretera. Pasaron despiertos la mitad de la noche planeando las cosas que iban a hacer en la casa gris. Anthony trabajaría en su historia a un ritmo sorprendente y se congraciaría así con su sarcástico abuelo… Cuando el automóvil estuviese arreglado explorarían los alrededores y se harían socios del club más próximo que les gustara de verdad, donde Gloria jugaría al golf «o a algo parecido» mientras Anthony escribía. Aquello, por supuesto, era una ocurrencia de Anthony: Gloria estaba segura de que solo quería leer y soñar y que un criado angélico (todavía relegado a una imprecisa tierra de nadie) le trajese sándwiches de tomate y limonada. Entre párrafo y párrafo, Anthony vendría a besarla mientras ella yacía, indolente, en la hamaca… ¡La hamaca! Una multitud de nuevos sueños surgió ante Gloria en armonía con su imaginado vaivén al balancearla el viento, mientras el calor del sol hacía vibrar la atmósfera sobre el trigo florecido, o la carretera polvorienta se llenaba de salpicaduras y se oscurecía con la sosegada lluvia del verano…



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