Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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La afición de Gloria a las premoniciones y sus explosiones de vago sobrenaturalismo resultaron una sorpresa para Anthony. Algún complejo, adecuada y científicamente inhibido en los primeros años de su vida con una madre bilfista, o alguna hipersensibilidad heredada, la hacían susceptible a cualquier sugestión psíquica, y, aunque nada crédula sobre las motivaciones de las personas vivas, tendía a creer cualquier suceso extraordinario atribuido a los caprichosos paseos de los muertos. Los terribles crujidos de la vieja casa en las noches de viento, que para Anthony eran ladrones empuñando una pistola, representaban para Gloria los perversos e intranquilos efluvios de las generaciones muertas, que expiaban lo inexpiable sobre el antiguo y romántico hogar de la chimenea. Una noche, debido a dos golpes muy rápidos y violentos en el piso de abajo, que Anthony fue a investigar lleno de miedo pero sin resultado alguno, se quedaron los dos despiertos casi hasta el amanecer haciéndose el uno al otro preguntas dignas de un examen escrito sobre la historia del mundo.

En octubre Muriel fue a hacerles una visita de dos semanas. Gloria le había puesto una conferencia, y miss Kane terminó la conversación diciendo, de manera muy característica: «De acuerdo. ¡Iré y la animación corre de mi cuenta!». Cuando llegó lo hizo con una docena de canciones del momento bajo el brazo.


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