Hermosos y malditos
Hermosos y malditos La conversación siguió avanzando a trompicones hacia una conclusión bastante abrupta: Anthony se puso en pie, miró el reloj y explicó que tenía una cita con su agente de bolsa. Había hecho el propósito de quedarse unos días con su abuelo, pero estaba cansado e irritado porque la travesía no había sido buena y se notaba muy poco dispuesto a dejarse intimidar, aunque fuera de aquella manera tan suave y santurrona. Dijo que volvería al cabo de unos días.
Sin embargo, la idea de trabajar había aparecido de manera permanente en su vida gracias a este encuentro. Durante el año transcurrido desde entonces, Anthony estuvo preparando varias listas bibliográficas e incluso experimentó con títulos de capítulos y con la división de su obra en diferentes períodos, pero no existía aún una sola línea de texto ni parecía probable que llegara nunca a haberla. Anthony no hacía nada, y a despecho de la más acreditada lógica convencional, conseguía divertirse y disfrutar más de lo corriente.