Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Anthony habÃa estado sentado con Eric Merrian junto a un frasco de whisky durante toda la calurosa tarde de verano, mientras Gloria y Constance Merrian nadaban y tomaban el sol en el Beach Club: la mujer de Eric bajo un toldo a rayas, y Gloria tumbada sobre la suave arena caliente, bronceándose las inevitables piernas. Más tarde los cuatro mordisquearon unos insignificantes sándwiches; luego Gloria se puso en pie, y dio un golpecito con la sombrilla en la rodilla de Anthony para atraer su atención.
—Tenemos que irnos, querido.
—¿Ahora? —Anthony la miró contrariado. En aquel momento nada parecÃa tan importante como holgazanear bajo el porche sombreado bebiendo whisky añejo, mientras su anfitrión rememoraba interminablemente los manejos entre bastidores de alguna olvidada campaña electoral.
—No nos queda otro remedio —repitió Gloria—. Tomaremos un taxi para ir a la estación… ¡Vamos, Anthony! —exigió con tono algo más imperioso.