Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Pero su pronunciación resultaba un tanto borrosa y Gloria supo con certeza que aquello no era cierto.

—Si estuvieses sereno me darías el dinero para los billetes.

Pero era demasiado tarde para hablarle de aquella manera. En la mente de Anthony no dominaba ya más que una idea: Gloria estaba siendo egoísta, lo era siempre y seguiría siéndolo a menos que allí y en aquel momento él demostrara ser su dueño. Aquella era la ocasión de las ocasiones, ya que sin motivo alguno Gloria lo había privado de un placer. Su decisión cristalizó, acercándose momentáneamente a un odio sordo y malhumorado.

—No voy a subir al tren —dijo, la voz un poco temblorosa de indignación—. Vamos a ir a ver a los Barnes.

—¡Yo no! —exclamó ella—. Si vas, me iré sola a casa.

—Vete entonces.

Sin añadir una palabra, Gloria se dio la vuelta en dirección a la ventanilla; simultáneamente Anthony recordó que su mujer llevaba encima algún dinero y que no era aquella la victoria que él quería, la victoria que él necesitaba. Dio un paso hacia ella y la agarró del brazo.

—¡Escúchame! —murmuró—, ¡no vas a irte sola!


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