Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Estuvimos allà anteayer —contestó ella lacónicamente.
—Estoy seguro de que se alegrarÃan de vernos. —Se dio cuenta de que no habÃa conseguido un tono suficientemente firme, y alentándose a sà mismo, decidido a no desfallecer, añadió—: Quiero ver a los Barnes. No tengo la menor gana de volver a casa.
—Bueno; yo no tengo ninguna gana de ver a los Barnes.
De repente, se miraron fijamente el uno al otro.
—Vamos, Anthony —dijo ella, dando sÃntomas de irritación—, estamos a domingo por la noche y lo más probable es que tengan invitados a cenar. ¿Por qué tendrÃamos que presentarnos a esta hora…?
—Entonces, ¿por qué no nos hemos quedado con los Merrian? —estalló él—. ¿Por qué irnos a casa cuando lo estábamos pasando francamente bien? Nos han pedido que nos quedáramos a cenar.
—¿Qué otra cosa podÃan hacer? Dame dinero para que saque los billetes.
—¡Nilo sueñes! No estoy de humor para ir en ese maldito tren que está tan caliente como un horno.
Gloria dio una patada sobre el andén.
—¡Anthony, te portas como si estuvieses borracho!
—En absoluto; estoy perfectamente sereno.