Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Un minuto más tarde iba siguiendo a Gloria por un sendero entre altos rosales, mientras la sombrilla de su mujer rozaba suavemente el lozano follaje de junio. Muy poco considerada, pensó Anthony cuando llegaron a la carretera. Con ofendida ingenuidad decidió que Gloria no tendría que haber interrumpido un placer tan inocente y tan sencillo. El whisky había logrado apaciguar y clarificar las zonas de inquietud en el interior de su mente. Se le ocurrió que Gloria ya había adoptado antes la misma actitud en varias ocasiones. ¿Iba él siempre a tener que abandonar agradables episodios por un golpecito de su sombrilla o un simple parpadeo? Su contrariedad se desdibujó hasta convertirse en mala voluntad, que fue ascendiendo en su interior como una irresistible burbuja. Pero Anthony permaneció silencioso, conteniendo perversamente el deseo de hacer reproches. Hallaron un taxi delante del hotel y fueron en silencio hasta la estación…

Fue entonces cuando Anthony supo lo que quería… Imponer su voluntad a aquella muchacha fría e impenetrable, obtener con un magnífico esfuerzo un dominio que parecía infinitamente deseable.

—¿Por qué no vamos a ver a los Barnes? —dijo sin mirar a Gloria—. No tengo ganas de volver a casa.

Mistress Barnes, de soltera Rachel Jerryl, tenía una casa para el verano a unas cuantas millas de Redgate.


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