Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Esto aumentó su preocupación, haciéndolo sentirse cada vez más confundido. ¡Se ajustaban tan bien aquellas palabras a la Gloria que yacÃa en el rincón… y que ya no era una Gloria orgullosa, ni ninguna de las Glorias que él habÃa conocido! Se preguntó a sà mismo si era posible. Aunque no creÃa que hubiese dejado de amarlo —eso era, por supuesto, impensable—, resultaba problemático que Gloria, sin su arrogancia, sin su independencia, sin su confianza virginal en su propio valor, pudiera seguir dándole el mismo esplendor, pudiera seguir siendo la radiante mujer que resultaba maravillosa e incomparable por ser siempre —inefable y triunfalmente— ella misma.
Anthony seguÃa borracho en aquel momento, tan borracho que no se daba cuenta de que lo estaba. Cuando llegaron a la casa gris se fue a su habitación, y, mientras su mente seguÃa tratando en vano de justificar sus propias acciones, cayó en la cama, sumiéndose en un profundo letargo.