Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Era más de la una y el corredor aparecÃa extraordinariamente silencioso cuando Gloria, con los ojos muy abiertos e incapaz de dormir, lo cruzó y abrió la puerta de la habitación de su marido. Anthony habÃa llegado demasiado aturdido para acordarse de abrir las ventanas, y el aire estaba viciado y con un intenso olor a whisky. Gloria permaneció un momento junto a la cama —una figura de gracia exquisita, esbelta como un muchacho en su pijama de seda—, para dejarse caer luego sobre Anthony en total abandono, despertándolo a medias con la frenética emoción de su abrazo, derramando lágrimas ardientes sobre su garganta.
—¡Anthony! —exclamó apasionadamente—, cariño, ¡no sabes lo que has hecho!
Pero por la mañana, yendo muy pronto a su cuarto, él se arrodilló junto a la cama de Gloria y lloró como un niño pequeño y como si fuese su corazón el que estaba hecho pedazos.
—Anoche —dijo ella gravemente, jugueteando con el pelo de Anthony mientras hablaba—, me pareció que la parte de mà que tú amabas, la parte que merecÃa la pena conocer, todo el orgullo y todo el fuego, habÃan desaparecido. Supe que lo que aún quedaba de mà te amarÃa siempre, pero que ya nunca serÃa igual.