Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Sin embargo, Gloria se daba cuenta de que terminaría por olvidar y de que la vida raras veces aniquila, aunque siempre desgaste. Después de aquella mañana nunca se volvió a mencionar el incidente y su honda herida se curó con ayuda de Anthony… y si hubo triunfo, quien lo poseía era una fuerza más oscura que la de ellos y, junto con el triunfo, el conocimiento de los hechos.
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La independencia de Gloria, como toda cualidad profunda y sincera, había empezado inconscientemente, pero, al descubrirla Anthony y sacarla a la luz, y gracias a la fascinación que causara en él, había llegado a adoptar casi las características de un código muy rígido. Oyendo hablar a Gloria, cabía pensar que gastase toda su energía y toda su vitalidad en una violenta afirmación del principio negativo de «No importarle a uno nada».
—Nada ni nadie —decía Gloria—, excepto yo misma y, por implicación, Anthony. Esa es la regla de toda vida y, aunque no lo fuera, yo seguiría siendo así en cualquier caso. Nadie haría nada por mí si no encontrara alguna satisfacción en ello, y yo estoy dispuesta a hacer exactamente lo mismo.
Gloria se hallaba en el porche de la señora más amable de Marietta cuando dijo esto, y nada más terminar de hablar dejó escapar un curioso grito ahogado y cayó al suelo desmayada.