Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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La señora hizo que volviera en sí y la llevó a casa en su coche. A Gloria se le había pasado por la imaginación que quizá estuviese embarazada.

Se hallaba echada en el sofá del piso bajo. El día acababa tibiamente al otro lado de la ventana, acariciando las últimas rosas en las columnas del porche.

—Lo único que se me ocurre pensar es que te quiero —gimió—. Valoro mi cuerpo porque tú lo encuentras hermoso. ¡Imaginar que este cuerpo mío, tuyo, tenga que volverse feo y deforme! Es simplemente intolerable. Y no creas que me asusta el dolor.

Él trató de consolarla desesperadamente, pero en vano.

—Y después —continuó ella—, quizá tenga caderas anchas y me quede pálida; puede que desaparezca toda mi lozanía y el brillo de mi pelo.

Anthony se paseó por el cuarto con las manos en los bolsillos, preguntando:

—¿Es seguro?

—No lo sé. Siempre me ha dado horror la obstetricia, o comoquiera que se llame. Pensaba tener un niño alguna vez. Pero no ahora.

—Bueno, por el amor de Dios, no tienes que tomártelo tan a pecho.

Sus sollozos cesaron. Un compasivo silencio pareció brotar de la penumbra que llenaba la habitación.


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