Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Enciende la luz —suplicó ella—. ¡Qué cortos se me hacen los dÃas! Junio parecÃa… tener… dÃas más largos cuando yo era niña.
Al brillar la luz fue como si hubiesen aparecido detrás de las ventanas y de la puerta cortinas azules de una seda muy suave. La palidez de Gloria, su inmovilidad, sin desconsuelo ni alegrÃa ya, despertaron la simpatÃa de Anthony.
—¿Quieres que lo tenga? —le preguntó ella apáticamente.
—Me es indiferente. Quiero decir que soy neutral. Si lo tienes, probablemente me alegraré. Si no… bueno, también me parecerá bien.
—¡Me gustarÃa que te decidieras en un sentido o en otro!
—Supongamos que eres tú quien lo decide.
Gloria lo miró con desprecio, negándose a contestar.
—Se dirÃa que te han elegido a ti sola entre todas las mujeres del mundo para este ultraje incalificable.
—¡Y qué, si es asà como pienso! — exclamó enfadada—. No es un ultraje para ellas. Es la única excusa que tienen para vivir. No sirven para otra cosa. Es un ultraje para mÃ.