Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Anthony se alegraba de que él no tuviera que trabajar en su libro. La idea de sentarse a inventar no solo palabras con que vestir ideas, sino ideas dignas de ser vestidas… todo ello resultaba absolutamente ajeno a sus deseos.
Al salir del baño el joven Patch se frotó con la meticulosa atención de un limpiabotas. Luego pasó al dormitorio y, sin dejar de silbar una extraña e incierta melodía, fue de un lado para otro abrochando, ajustando, y disfrutando de la tibia caricia de la gruesa alfombra bajo sus pies descalzos.
Encendió un cigarrillo, arrojó el fósforo por la parte superior de la ventana, que estaba abierta, y luego se detuvo con el pitillo a dos pulgadas de la boca, también ligeramente entreabierta. Sus ojos se habían visto atraídos por una brillante mancha de color en la azotea de una casa, callejón abajo.