Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Se trataba de una muchacha con una bata roja— de seda, sin duda—, secándose el pelo con el calor del sol, todavÃa intenso en las últimas horas de la tarde. Su silbido murió en el aire cargado de la habitación; Anthony dio cautelosamente otro paso hacia la ventana con el repentino convencimiento de que se trataba de una mujer hermosa. Junto a ella, sobre el pretil de la azotea, descansaba un cojÃn del mismo color de su ropa, y la muchacha apoyaba en él los dos brazos, mientras contemplaba el soleado patio donde Anthony oÃa jugar a los niños.
La estuvo mirando varios minutos. Algo se agitaba dentro del joven Patch, algo que el cálido olor de la tarde o la triunfante intensidad del rojo no bastaban para explicar. Anthony estaba convencido de que la muchacha era hermosa; luego, de repente, comprendió lo que sucedÃa: era la distancia a que se encontraba, no una singular y delicada distancia anÃmica, tan solo una distancia en yardas terrestres. El aire del otoño se extendÃa entre ellos, y también las azoteas y las voces borrosas. Sin embargo, durante un segundo que no llegaba a explicarse del todo, perversamente distendido en el tiempo, se habÃa sentido más cercano a la adoración que el beso más apasionado de toda su vida.