Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —… Cualquier dÃa de la semana que viene. —Bloeckman le estaba diciendo a Gloria—. Tenga, coja esta tarjeta. Le harán una prueba de unos cien metros de pelÃcula, y con eso se forman ya una idea bastante aproximada.
—¿Qué tal el miércoles?
—Perfectamente. Llámeme por teléfono e iré con usted…
Se habÃa puesto en pie y estaba estrechando manos con energÃa… Enseguida su coche no fue más que un rastro de polvo carretera adelante. Anthony se volvió desconcertado hacia su mujer.
—¡Pero, Gloria!
—No te importará que me hagan una prueba, ¿verdad? ¿Nada más que una prueba? El miércoles tengo que ir a Nueva York de todas formas.
—¡Pero es que me parece una tonterÃa! Tú no quieres trabajar en el cine… ir todo el dÃa de un lado para otro de un estudio con un montón de extras.
—¡Como si Mary Pickford se pasara la vida yendo de un sitio para otro!
—Todo el mundo no es Mary Pickford.
—Está bien, pero no veo cuáles puedan ser tus objeciones a que lo intente.
—Sà que las tengo. No me gustan nada los actores.