Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Siempre acabas por sacarme de mis casillas. ¿Crees que lo paso tan bien dormitando en este maldito porche?
—No te importarÃa si me quisieras.
—Claro que te quiero —dijo ella, impacientada, fabricándose rápidamente una justificación—. Precisamente porque te quiero no soporto ver cómo te derrumbas precisamente por quedarte cruzado de brazos y decir que necesitas trabajar. Quizá si yo me metiera en esto una temporada, consiguiera removerte y lograr que hicieras algo.
—Son solo tus ganas de divertirte, eso es todo.
—¡Quizá lo sea! Pero son unas ganas perfectamente naturales, ¿no es cierto?
—Está bien, voy a decirte una cosa. Si tú te metes en el cine, yo me voy a Europa.
—¡Vete, entonces! ¡No seré yo quien te detenga!
Para demostrar que no era ella quien iba a detenerlo, Gloria se deshizo en lágrimas. Juntos congregaron les ejércitos del sentimiento: palabras, besos, caricias, reproches de cada uno a sà mismo. No consiguieron nada. Inevitablemente, nunca conseguÃan nada. Por fin, en un estallido de desmesurada emoción, los dos se sentaron y escribieron sendas cartas. La de Anthony iba dirigida a su abuelo; la de Gloria, a Joseph Bloeckman. Era el triunfo de la apatÃa.