Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Un dÃa de primeros de julio, Anthony, al regresar de Nueva York después de pasar allà las primeras horas de la tarde, subió al piso alto para ver a Gloria. Como no recibió respuesta a sus llamadas supuso que estarÃa durmiendo y bajó a la despensa, en busca de uno de los sándwiches que habÃa siempre preparados para ellos. Entonces encontró a Tana sentado ante la mesa de la cocina, con una multitud de objetos diversos: cajas de puros, cuchillos, lápices, tapas de latas y varios trozos de papel cubiertos de complicadas figuras y diagramas.
—¿Qué demonios estás haciendo? —le preguntó Anthony, movido por la curiosidad.
Tana sonrió cortésmente.
—Va a ver —exclamó, lleno de entusiasmo—. Voy a decir…
—¿Estás fabricando una casa para un perro?
—No, señor —Tana sonrió de nuevo—. Hago máquina de escribir.
—¿Máquina de escribir?
—SÃ, señor. Yo pienso, pienso todo el tiempo; tumbado en cama pienso sobre máquina de escribir.
—De manera que has pensado en hacer una, ¿no es eso?
—Espere. Voy a decir.