Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Uno tiene que mostrarse amplio en este tipo de cosas, y Gloria, por ser joven y hermosa, tenía que disfrutar de razonables privilegios. Sin embargo, lo que a Anthony le molestaba era que no conseguía entenderlo.
Gloria se dio la vuelta, quedándose un momento inmóvil boca arriba sobre la cama, contemplando cómo el sol de febrero sufría una última y sutil modificación al atravesar los vidrios emplomados de las ventanas. Durante algún tiempo no tuvo una idea exacta de dónde se hallaba ni de los acontecimientos del día anterior, o de dos días atrás; luego, como un péndulo inmóvil que recobra de pronto su libertad, la memoria empezó a desgranar su historia, liberando a cada vaivén una agobiante carga de tiempo hasta devolverle aquel fragmento de vida.
Ahora oía ya la agitada respiración de Anthony a su lado; también empezó a oler a whisky y a humo de cigarrillos. Se dio cuenta de que le faltaba el control de sus músculos; de que, al intentar moverse, la tensión muscular no se distribuía armoniosamente por todo su cuerpo, sino que cada movimiento requería un tremendo esfuerzo de su sistema nervioso, como si cada vez se estuviera autohipnotizando para realizar una acción imposible…