Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—¡Querido! —exclamó ella.

—Hemos hecho una excursión preciosa… el estado de Nueva York de parte a parte.

—Tengo que ponerme en camino —dijo Bloeckman casi inmediatamente—. Me hubiese gustado encontrarlos a los dos cuando llegué.

—Siento no haber estado —contestó Anthony secamente.

Al marcharse Bloeckman, Anthony vaciló. El miedo había desaparecido de su corazón, pero tuvo la impresión de que alguna manifestación de protesta era éticamente necesaria. Gloria resolvió sus vacilaciones.

—Sabía que no te iba a importar. Bloeckman llegó justo antes del almuerzo y dijo que tenía un asunto que resolver en Garrison y que si quería acompañarlo. Daba la impresión de sentirse muy solo, Anthony. Y, además, he ido conduciendo yo todo el camino.

Anthony se dejó caer apáticamente en una silla, con la mente cansada… cansada de nada y de todo; cansada del peso del mundo que él no había elegido nunca tener que soportar. En aquella situación se mostraba tan ineficiente y desvalido como siempre. La suya era una de esas personalidades que, a pesar de una gran abundancia de palabras, resultan incapaces de expresarse; Anthony parecía haber heredado tan solo la vasta tradición del fracaso humano… eso, y el sentido de la muerte.

—Supongo que no me importa —respondió.


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