Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Paseando de un lado a otro por el cuarto de estar, inició un indignado ensayo del discurso con que iba a obsequiar a Gloria cuando apareciera.

«¡Así que esto es amor!», empezaría… mejor no, porque sonaba demasiado como aquella frase tan popular «¡Así que esto es París!». Tenía que mostrarse lleno de dignidad, herido, apesadumbrado. De todas formas… «Así que esto es lo que haces cuando tengo que irme a pasar calor en Nueva York durante todo el día para resolver asuntos pendientes. ¡No tiene nada de extraño que no sea capaz de escribir! ¡Ni que no me atreva a perderte de vista!» Estaba ampliando el tema, ganando en convicción. «Voy a decirte una cosa —continuó—, voy a decirte…» Hizo una pausa, al notar un no sé qué de familiar en las palabras… enseguida se dio cuenta… era el «Voy a decir» de Tana.

Pero Anthony no llegó a sonreír ni a encontrarse absurdo a sí mismo. Para su desenfrenada imaginación ya eran las seis… las siete… las ocho, ¡y Gloria no aparecía por ningún sitio! Bloeckman, al encontrarla tan aburrida e insatisfecha, la había convencido para marcharse con él a California…

Se oyó un gran alboroto delante de la casa, seguido de un gozoso «Anthony, ¿estás ahí?», y él se puso en pie temblando, vagamente contento de verla acercarse por la avenida. Bloeckman iba siguiéndola, con la gorra en la mano.


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