Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Fue precisamente a raíz de esta fiesta, y más especialmente de la intervención de Gloria en ella, cuando empezó a producirse un decidido cambio en su manera de vivir. La despreocupada actitud de que nada tenía importancia se modificó en una sola noche; de simple principio de Gloria pasó a convertirse en el único consuelo y justificación para cualquier cosa que decidían hacer y para las consecuencias que trajera consigo. Todo quedaba reducido a no pedir perdón, a no dejar escapar un solo grito de remordimiento, a vivir de acuerdo con un preciso código de honor en sus relaciones mutuas y a buscar la felicidad del momento con toda la perseverancia y el fervor posibles.
—Nadie se preocupa de nosotros excepto nosotros mismos, Anthony —dijo Gloria un día—. Sería ridículo que yo fuera por ahí fingiendo sentir obligaciones hacia el mundo, y en cuanto a preocuparme por lo que la gente piense de mí, es algo que sencillamente no me pasa, eso es todo. Desde que era niña y empecé a ir a la escuela de baile, me han criticado las madres de todas las niñas que no tenían tanta popularidad como yo, y siempre me ha parecido que las críticas son una especie de homenaje de los envidiosos.
