Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Esto estaba relacionado con una fiesta en el Boul Mich cierta noche, cuando Constance Merrian tuvo ocasión de verla formando parte de un grupo de cuatro, en un estado de euforia de claro origen alcohólico. Constance Merrian, «en calidad de antigua amiga de sus días de estudiante», se había tomado la molestia de invitarla a almorzar al día siguiente para informarle de lo terrible que había sido.

—Le dije que no veía por qué —le explicó luego Gloria a Anthony—. Erich Merrian es una especie de Percy Wolcott más refinado (¿te acuerdas de aquel individuo de Hot Springs del que te hablé?), y su idea del respeto debido a Constance es dejarla en casa con su costura, su niño y su libro, y otras diversiones igualmente inocuas, cada vez que él se va a una fiesta que da toda la impresión de ser mortalmente aburrida.

—¿Le has dicho eso a ella?

—Claro que se lo he dicho. Y he añadido que lo que en realidad le parecía mal era que yo lo pasara mejor que ella.

Anthony la aplaudió. Estaba tremendamente orgulloso de Gloria, orgulloso de que siempre eclipsara a cualquier otra mujer que pudiera haber en una fiesta, orgulloso de que a los hombres les encantara ir de jarana con ella en grandes grupos alborotadores, sin intentar otra cosa que disfrutar de su belleza y del calor de su vitalidad.


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