Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Estas «fiestas» se convirtieron gradualmente en su principal fuente de diversión. Todavía enamorados, todavía enormemente interesados el uno por el otro, descubrieron, sin embargo, que, con la proximidad de la primavera, el pasar las veladas en casa había perdido todo su sabor; los libros eran cosas irreales; la antigua magia de estar a solas había desaparecido tiempo atrás… preferían más bien aburrirse presenciando una estúpida comedia musical, o salir a cenar con conocidos totalmente desprovistos de interés, con tal de que hubiese suficientes cócteles para evitar que la conversación se convirtiera en algo totalmente insoportable. Un puñado de matrimonios jóvenes que habían sido amigos suyos en el instituto o en la universidad, así como un variado surtido de solteros, pensaban instintivamente en ellos siempre que se necesitaba color y animación, de manera que apenas pasaba un día sin su correspondiente llamada telefónica, y su «Nos preguntábamos qué ibais a hacer esta noche». Las esposas, por regla general, tenían miedo de Gloria; cosas como la facilidad con que lograba ocupar el centro de la escena, su manera inocente pero perturbadora de convertirse en la favorita de los maridos, las empujaban instintivamente a una actitud de profunda desconfianza, aumentada por el hecho de que Gloria se mostraba casi por completo indiferente ante los deseos de intimar que manifestaban otras mujeres.


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