Hermosos y malditos
Hermosos y malditos En el miércoles de febrero previamente fijado, Anthony habÃa acudido a las grandiosas oficinas de Wilson, Hiemer y Hardy y escuchado las muchas y poco precisas instrucciones impartidas por un enérgico joven, aproximadamente de su misma edad, llamado Kahler, que lucÃa un desafiante tupé rubio y que, al presentarse a sà mismo como secretario-ayudante, dio la impresión de que se trataba de un tributo a sus excepcionales méritos.
—Descubrirás que aquà hay dos tipos de hombre —dijo—. Está el que llega a ser secretario o tesoreroayudante, y su nombre aparece en nuestro folleto antes de que cumpla los treinta, y está el que solo aparece a los cuarenta y cinco. Estos últimos se quedan ahà el resto de su vida.
—¿Y qué sucede con quienes lo consiguen a los treinta? —preguntó Anthony cortésmente.
—Bueno, esos suben hasta aquÃ, ¿comprendes? —Señaló una lista de vicepresidentes auxiliares que figuraba en el folleto—. O quizá llegan a ser presidente o secretario o tesorero.
—¿Y qué pasa con los de esa otra lista?
—¿Ésos? Son los consejeros… los hombres con capital.
—Ya entiendo.