Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Algunas personas —continuó Kahler— piensan que las posibilidades de hacer carrera dependen de que se tenga o no formación universitaria. Pero están equivocados.
—Ya veo.
—Yo la he tenido; soy de la promoción de mil novecientos once de Buckleigh, pero cuando llegué a Wall Street descubrà enseguida que lo que me iba a servir aquà no eran las cosas estrambóticas que habÃa aprendido en la universidad. De hecho, tuve que hacer un esfuerzo para sacarme muchas de la cabeza.
Anthony no pudo por menos de preguntarse cuáles serÃan aquellas «cosas estrambóticas» que Kahler habÃa aprendido en Buckleigh hasta terminar sus estudios en 1911. La idea incontrolable de que se trataba de algún tipo de labores de ganchillo reapareció varias veces por su mente durante el resto de la conversación.
—¿Ves a ese señor que está ah� — Kahler señaló a un hombre relativamente joven, de cabellos grises muy favorecedores, sentado ante un escritorio aislado del resto mediante una barandilla de caoba—. Es Mr. Ellinger, el primer vicepresidente. Ha estado en todas partes y lo ha visto todo; tiene una excelente formación.