Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Anthony trató en vano de sintonizar su mente con el atractivo romántico de las finanzas; solo lograba pensar en Mr. Ellinger como uno de los compradores de las obras completas de Thackeray, Balzac, Hugo y Gibbon en hermosos volúmenes encuadernados en piel que llenaban los estantes de las grandes librerías.
Durante el húmedo y deprimente mes de marzo recibió el curso preparatorio para convertirse en vendedor. La falta de entusiasmo le permitía contemplar la confusión y el bullicio que lo rodeaba únicamente como un entorno estéril que se esforzaba por alcanzar una meta incomprensible de cuya existencia no había otra prueba tangible que las instituciones rivales de Mr. Frick y de Mr. Carnegie en la Quinta Avenida. Que los portentosos vicepresidentes y consejeros fueran, de hecho, los padres de las «mejores cabezas» que había conocido en Harvard, le resultaba extraordinariamente incongruente.