Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Anthony almorzaba en el comedor de los empleados en el piso alto, con la desagradable sospecha de que se le daba un trato de favor, y preguntándose durante la primera semana si las docenas de jóvenes empleados, algunos de ellos de aire despierto e inmaculadamente vestidos —recién salidos de la universidad—, vivían con la flamante esperanza de abrirse camino hasta aquella estrecha franja de cartulina antes de cumplir los catastróficos treinta. Las conversaciones que se iban entretejiendo a lo largo de cada jornada de trabajo eran siempre muy parecidas. Un empleado analizaba cómo Mr. Wilson se había enriquecido, qué método había empleado Mr. Hiemer y los medios utilizados por Mr. Hardy. Otro relataba anécdotas seculares, pero eternamente sugestivas, de las fortunas que habían hecho de repente en Wall Street un «carnicero» o un «tabernero», o «un simple chico de los recados, ¡caramba!», y luego un tercero hablaba de las actuales jugadas en la bolsa, y si era mejor ir por cien mil al año o contentarse con veinte. Durante el año anterior, uno de los secretarios-ayudantes había invertido todos sus ahorros en Bethlehem Steel. La historia de su espectacular magnificencia, de su desdeñosa dimisión en enero y del triunfal palacio que se estaba construyendo en California era el tema favorito de la oficina. El nombre mismo de aquel sujeto había adquirido una significación mágica, al simbolizar las aspiraciones de todos los buenos americanos. Se contaban anécdotas acerca de él… cómo uno de los vicepresidentes le había aconsejado vender, nada menos, pero él había seguido en sus trece, comprando incluso más a crédito, «¡y ahora fíjate dónde está!».