Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Una calurosa tarde de finales de julio Richard Caramel telefoneó desde Nueva York para decir que Maury y él venían a hacerles una visita y que traían a un amigo. Llegaron a eso de las cinco, un poco borrachos, acompañados por un hombre pequeño y corpulento de unos treinta y cinco años, a quien presentaron como Mr. Joe Hull, una de las mejores personas que Anthony y Gloria habían conocido nunca.
Joe Hull tenía una barba rubia en lucha constante por rebrotar y una voz que parecía a veces de bajo profundo y otras no pasaba de ser un ronco susurro. Anthony, que subió la maleta de Maury al piso alto, entró con él en la habitación y procedió a cerrar cuidadosamente la puerta.
—¿Quién es ese tipo? — preguntó.
Maury dejó escapar una risita jubilosa.
—¿Quién? ¿Hull? No te preocupes. Es un buen tipo.
—Sí, pero ¿quién es?
—¿Hull? Tan solo una buena persona. Es un príncipe. —Su risa se acentuó, culminando en una sucesión de agradables sonrisas gatunas. Anthony dudó entre sonreír o fruncir el entrecejo.
—Yo lo encuentro un tanto curioso. Lleva una ropa muy rara. —Hizo una pausa—. Tengo la ligera sospecha de que os lo encontrasteis anoche en algún sitio.
