Hermosos y malditos
Hermosos y malditos A Gloria, Tana no le resultaba nada simpático desde el día en que, al regresar inesperadamente del pueblo, se lo encontró recostado en la cama de Anthony, descifrando un periódico. Era algo instintivo en todos los criados encariñarse con Anthony y detestar a Gloria, y Tana no era una excepción a la regla. Pero el japonés tenía muchísimo miedo a su señora y solo expresaba su animadversión en los momentos de mayor malhumor dirigiéndose a Anthony con observaciones destinadas a los oídos de Gloria:
—¿Qué quiere cenar Miz Pats? — decía, mirando a su amo. O bien hacía comentarios sobre el intenso egoísmo de las «gentes americanas», dejando bien claro mediante el tono de voz quién era la «gente» a que se hacía referencia.
Pero no se atrevían a despedirlo. Semejante paso hubiese sido incompatible con la inercia que los dominaba. Soportaban a Tana como soportaban el mal tiempo y las enfermedades del cuerpo y la benéfica Voluntad Divina… de la misma manera que soportaban todas las demás cosas, incluso a sí mismos.