Hermosos y malditos
Hermosos y malditos SON las siete y media de una tarde de agosto. Las ventanas del cuarto de estar de la casa gris están abiertas de par en par, intercambiando pacientemente la viciada atmósfera con olor a humo y a bebidas alcohólicas por la somnolencia no contaminada del último calor del crepúsculo. Flotan en el aire aromas de flores moribundas, tan sutiles, tan frágiles, como para sugerir que debe darse por terminado el verano. Pero quedan todavía alrededor del porche lateral un millar de grillos que cantan incesantemente a agosto; y hay uno incluso que se ha metido en el interior de la casa, ocultándose confiado tras una librería, para dar a conocer desde allí, de cuando en cuando, su brillante inteligencia y su indomable voluntad.
En la habitación misma reina un desorden total. Sobre la mesa hay una bandeja con fruta de verdad que parece artificial. A su alrededor se agrupa una ominosa variedad de frascos de licor, vasos y ceniceros rebosantes de colillas, de los que aún se alzan hasta el aire viciado temblorosas escalas de humo… El efecto de conjunto solo necesitaría de una calavera para asemejarse a esa venerable estampa coloreada (en otro tiempo elemento imprescindible en toda «guarida») que representa los accesorios de una vida de placer con una deliciosa sensibilidad capaz de inspirar espanto a cualquier alma sencilla.
