Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Al cabo de un rato, el alegre solo del supergrillo se ve interrumpido más que acompañado por un nuevo sonido… el melancólico lamento de una flauta caprichosamente tocada. Resulta obvio que el músico en cuestión practica más que ejecuta, porque de cuando en cuando la informe melodía se interrumpe para recomenzar nuevamente después de un intervalo de impreciso refunfuñar.
Inmediatamente antes del séptimo comienzo en falso, un tercer sonido se incorpora a la suave discordancia. Es un taxi que llega a la casa. Un minuto de silencio, luego otra vez el taxi, que casi oculta con su estrepitosa retirada el ruido de pasos sobre la avenida con piso de cenizas. El timbre de la puerta extiende la alarma por toda la casa.