Hermosos y malditos
Hermosos y malditos La situación se habÃa ido deteriorando perceptiblemente. Estaba el problema del dinero, cada vez más molesto, cada vez más ominoso; estaba la toma de conciencia de que el alcohol se habÃa convertido prácticamente en una necesidad para divertirse… fenómeno frecuente en la aristocracia británica de un siglo atrás, pero un tanto alarmante en una sociedad progresivamente más sobria y circunspecta. Además, el carácter de los dos parecÃa haberse debilitado en cierto modo, y esto no tanto por su manera de actuar como por algunas sutiles modificaciones de su actitud frente a la civilización que los rodeaba. En Gloria habÃa nacido algo que hasta entonces nunca pensó necesitar; el esqueleto, todavÃa incompleto pero totalmente inconfundible, de algo que siempre le habÃa parecido aborrecible: una conciencia. El tener que reconocerse a sà misma esta evolución habÃa coincidido con el lento declinar de su audacia.
Luego, en la mañana de agosto que siguió a la inesperada visita de Adam Patch, se despertaron, asqueados y cansados, llenos de desaliento, capacitados tan solo para responder ante una arrolladora emoción: el miedo.
—¿Qué te parece? —Anthony se incorporó en la cama y bajó los ojos para mirarla. Las caÃdas comisuras de la boca reflejaban su depresión, mientras hablaba con voz apagada y tensa.
