Hermosos y malditos
Hermosos y malditos La respuesta de Gloria fue llevarse la mano a la boca y empezar a mordisquearse una uña con gran lentitud y precisión.
—Esto es el fin —dijo Anthony después de una pausa; luego, como Gloria seguÃa sin hablar, se puso furioso—. ¿Por qué no dices algo?
—¿Qué demonios quieres que diga?
—¿En qué piensas?
—En nada.
—¡Entonces deja de morderte las uñas!
Siguió una breve y confusa discusión sobre si Gloria habÃa estado pensando o no. A Anthony le parecÃa esencial que su mujer cavilara en voz alta sobre el desastre de la noche anterior. Su silencio era una manera de atribuirle a él toda la responsabilidad. Por su parte, Gloria no veÃa que hiciese falta hablar… el momento requerÃa que se mordiera las uñas como una niñita nerviosa.
—Tengo que arreglar este lÃo con mi abuelo —dijo Anthony con escasa convicción. Un tÃmido respeto recién nacido quedaba marcado por la inflexión de su voz al utilizar la palabra «abuelo».
—No podrás —afirmó ella con brusquedad—. No lo conseguirás… nunca. Note perdonará mientras viva.