Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Quizá no —concedió Anthony, sintiéndose muy desgraciado—. De todas formas… quizá pudiera arreglar las cosas reformándome o haciendo algo parecido…
—ParecÃa enfermo —le interrumpió ella—, pálido como un muerto.
—Está enfermo. Te lo dije hace tres meses.
—¡Me hubiera gustado que se hubiese muerto la semana pasada! —dijo Gloria malhumoradamente—. ¡Viejo estúpido desconsiderado!
Ninguno de los dos rio.
—Pero déjame decirte una cosa —añadió ella calmosamente—; la próxima vez que te vea comportándote con una mujer como lo hiciste anoche con Rachel Barnes, te dejaré, ¡como lo oyes! ¡No estoy dispuesta a consentirlo, ya lo sabes!
Anthony sintió miedo.
—No seas absurda —protestó—. Ya sabes que para mà no existe otra mujer en el mundo… ninguna, cariño.
Su intento de poner una nota de ternura en sus palabras fracasó lamentablemente… el peligro más inminente se adelantó para ocupar de nuevo el primer término.