Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Llegó un dÃa de septiembre, un dÃa dividido por sucesivos perÃodos de sol y lluvia; un sol que no calentaba y una lluvia que no refrescaba la tierra. Aquel dÃa dejaron la casa gris, que habÃa visto florecer su amor. Cuatro baúles y tres monstruosas cajas de embalaje estaban apilados en la desmantelada habitación donde, dos años antes, se habÃan arrellanado perezosamente, dejándose mecer por sueños remotos, lánguidos, complacientes… Ahora, las palabras pronunciadas en la habitación sonaban a vacÃo. Gloria, con un nuevo traje marrón con adornos de piel, permanecÃa silenciosa sentada sobre un baúl, y Anthony paseaba nerviosamente de un lado para otro con un cigarrillo entre los labios, mientras esperaban la llegada del camión de la mudanza que llevarÃa sus cosas a la ciudad.
—¿Qué es eso? —preguntó ella, señalando unos libros apilados sobre una de las cajas de embalaje.
—Es mi vieja colección de sellos —confesó Anthony, un poco avergonzado—. Me olvidé de los álbumes al hacer el equipaje.
—Es absurdo llevarlos de un sitio para otro.
—La verdad es que estaba mirándolos el dÃa que nos marchamos del apartamento la primavera pasada, y decidà que no querÃa mandarlos al almacén con las otras cosas.
—¿No podrÃas vender esa colección? ¿No tenemos ya bastantes cachivaches?