Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Lo siento —dijo él humildemente.
Con ruido atronador el camión de la mudanza se detuvo ante la puerta. Gloria, desafiante, alzó el puño contra las cuatro paredes.
—¡Qué contenta estoy de marcharme! —exclamó—. ¡Dios mÃo, cómo odio esta casa!
Asà fue como la hermosa y deslumbrante dama regresó a Nueva York con su marido. En el mismo tren que los alejaba de Marietta volvieron a pelearse; las amargas palabras de Gloria tuvieron la frecuencia, la regularidad, la inevitabilidad de las estaciones por las que pasaban.
—No te enfades —le suplicó Anthony lastimeramente—. Después de todo, solo nos tenemos el uno al otro.
—La mayor parte del tiempo no tenemos ni siquiera eso —exclamó Gloria.
—¿Cuándo no lo hemos tenido?
—Muchas veces empezando por cierta ocasión en el andén de la estación de Redgate.
—No querrás decir que…
—No —le interrumpió ella con frialdad—; no me dedico a darle vueltas. Se fue igual que vino, pero al marcharse se llevó algo consigo.