Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Se detuvo bruscamente. Anthony guardó silencio, desconcertado, deprimido. El monótono espectáculo de los pueblos junto al ferrocarril (Mamaroneck, Larchmont, Rye, Pelham Manor) se iba repitiendo con intervalos de sombríos eriales de mala calidad que pretendían sin éxito hacerse pasar por campos. Anthony se descubrió recordando cómo una mañana de verano los dos habían abandonado Nueva York en busca de felicidad. Quizá nunca habían esperado encontrarla, pero, en sí misma, aquella búsqueda le había proporcionado más felicidad que nada de lo que pudiera lograr durante el resto de su vida. La existencia, al parecer, tenía que consistir en instalar soportes en torno a uno… de lo contrario se convertía en desastre. No había descanso ni tranquilidad. Él había sido perfectamente ineficiente anhelando dejarse arrastrar y anhelando soñar; nadie se dejaba arrastrar excepto los remolinos, y nadie soñaba sin que sus sueños se convirtieran en fantásticas pesadillas de indecisión y remordimiento.
¡Pelham! Se habían peleado en Pelham porque Gloria quería conducir. Y cuando puso el piececito en el acelerador, el coche saltó hacia delante animosamente y sus cabezas salieron despedidas hacia atrás como marionetas movidas por la misma cuerda.