Hermosos y malditos
Hermosos y malditos El Bronx: las casas apiñadas y brillando al sol, que caía ahora atravesando amplios cielos refulgentes y depositando raudales de luz sobre las calles. Nueva York, suponía Anthony, era su hogar: ciudad de lujo y de misterio, de esperanzas absurdas y sueños exóticos. Allí, en las afueras, ridículos palacios de escayola se alzaban en el frío atardecer, repentinas materializaciones de un mundo irreal, para perderse enseguida en la distancia reemplazadas por la laberíntica confusión del río Harlem. El tren avanzaba a través del crepúsculo, dejando atrás medio centenar de alegres calles sudorosas en la parte alta de East Side, cada una de ellas pasando ante la ventanilla del departamento como si fuera el espacio entre dos radios de una rueda gigantesca, cada una de ellas con su vigorosa revelación colorista de niños pobres pululando en febril actividad como relucientes hormigas en callejones de arena roja. Por las ventanas de las casas se asomaban madres obesas, con forma de luna, constelaciones de aquel sórdido cielo; mujeres como oscuras joyas imperfectas, mujeres como hortalizas, mujeres como grandes bolsas de abominable ropa sucia.