Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—Me gustan estas calles —hizo notar Anthony en voz alta—. Siempre tengo la impresión de que se trata de una representación montada ex profeso para mí; como si nada más pasar yo, todos fuesen a dejar de saltar y reír para ponerse muy tristes, recordando lo pobres que son, y volver a sus casas cabizbajos. Es una impresión que se tiene con frecuencia en el extranjero, pero muy pocas veces en este país.

En una calle de altos edificios y mucha actividad, Anthony leyó una docena de nombres judíos en una fila de tiendas; en cada puerta había un hombrecillo oscuro contemplando a los transeúntes con ojos atentos; ojos brillantes por la sospecha, por el orgullo, por la avaricia, por la capacidad de comprender. Anthony no podía disociar ya Nueva York de la lenta ascensión de estas gentes; las pequeñas tiendas, creciendo, extendiéndose, afianzándose, trasladándose, controladas con ojos de halcón y con la atención de las abejas para los detalles, se difundían por todas partes. Era impresionante, y visto en perspectiva resultaba tremendo.

La voz de Gloria interrumpió sus pensamientos de manera extrañamente apropiada:

—Me pregunto dónde habrá pasado Bloeckman el verano.


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