Hermosos y malditos
Hermosos y malditos El viejo Adam murió a medianoche, un día de finales de noviembre, con una piadosa alabanza a su Dios entre los descarnados labios. Él, que había recibido tantas lisonjas, se extinguió adulando a la Omnipotente Abstracción a quien según él se imaginaba quizá había ofendido en los momentos más lascivos de su juventud. Se anunció que había concertado algún tipo de armisticio con la Deidad, y aunque los términos del acuerdo no llegaron a hacerse públicos, se sospechaba que figuraba entre ellos una cuantiosa suma de dinero en efectivo. Todos los periódicos publicaron su biografía, y dos añadieron breves comentarios editoriales sobre su gran valía, y su participación en el drama del desarrollo industrial, durante el cual Adam Patch había alcanzado la madurez. También mencionaron cautelosamente las reformas que había apoyado y financiado. Se resucitó el recuerdo de Comstock y de Catón el Censor y se les hizo desfilar como fantasmas macilentos por las columnas de letra impresa.
Todos los periódicos hicieron notar que no tenía más familia que su nieto, Anthony Comstock Patch, residente en Nueva York.
