Hermosos y malditos
Hermosos y malditos El entierro se efectuó en el panteón familiar de Tarrytown. Anthony y Gloria tomaron asiento en el primer carruaje, demasiado preocupados para sentirse grotescos, ambos tratando desesperadamente de extraer algún presagio de fortuna de las caras de los servidores que habían permanecido con él hasta el final.
Aguardaron una frenética semana por razones de decoro, y luego, al no recibir la menor notificación de ningún tipo, Anthony telefoneó al abogado de su abuelo. Mr. Brett no estaba en su despacho… se esperaba que regresase al cabo de una hora. Anthony dejó su número de teléfono.
Era el último día de noviembre, con un frío seco en la calle, y un sol sin brillo asomándose, desolado, a las ventanas. Mientras esperaban la llamada, aparentemente enfrascados en la lectura, la atmósfera, dentro y fuera, parecía también esforzarse por dar credibilidad a aquella patética mentira. Después de una interminable espera sonó el teléfono, y Anthony, dando un violento respingo, descolgó el auricular.
—Diga… —Su voz sonó tensa y hueca—. Sí… dejé recado. Por favor, ¿con quién hablo…? Sí… Verá usted, se trata de la herencia. Como es lógico, estoy interesado, y no he recibido ningún aviso sobre la lectura del testamento… Se me ocurrió que quizá no tuviera usted mi dirección. ¿Cómo…? Sí…