Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Gloria se puso de rodillas. Los intervalos entre las frases de Anthony eran como torniquetes aplicados a su corazón. Descubrió que estaba retorciendo, impotente, los botones de un cojín de terciopelo. Luego:

—Eso es… eso es muy, muy extraño… verdaderamente extraño. ¿Ni siquiera una… mención o algún motivo para…?

La voz de Anthony sonaba muy débil y lejana. Gloria dejó escapar un sonido muy tenue, mitad jadeo, mitad sollozo.

—Sí, ya veré… De acuerdo, gracias… gracias…

La comunicación se interrumpió. Los ojos de Gloria, que miraban al suelo, vieron cómo los pies de Anthony deformaban el contorno de una mancha de sol sobre la alfombra. Ella se puso en pie y lo miró con serenos ojos grises al mismo tiempo que él la rodeaba con sus brazos.

—Cariño —susurró Anthony con voz ronca—. ¡Lo ha hecho, que Dios lo maldiga!

Al día siguiente

—¿Quiénes son los herederos? —preguntó Mr. Haight—. Comprenda usted que si me da tan poca información…

Mr. Haight era alto, cargado de espalda y cejijunto. Se lo habían recomendado como abogado astuto y tenaz.


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