Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Exteriormente ninguno de los dos presentaba signos de deterioro. Gloria a los veintiséis era todavía la Gloria de los veinte; su cutis un marco lleno de lozanía para sus ojos inocentes; su cabello, todavía un prodigio infantil que se iba oscureciendo lentamente, para pasar del maíz a un intenso color de oro bermejo; su cuerpo esbelto sugiriendo siempre el de una ninfa que corriera y danzara por bosquecillos órficos. Los ojos masculinos la seguían a docenas con miradas de fascinación cada vez que cruzaba el vestíbulo de un hotel o el pasillo de un teatro. Los hombres pedían serle presentados, caían en prolongados estados de sincera admiración, le hacían la corte con toda claridad… porque Gloria era todavía una criatura de exquisita e increíble belleza. Por su parte, Anthony había más bien ganado que perdido en apariencia; su rostro había adquirido cierto intangible aire de tragedia, en romántico contraste con su pulcra e inmaculada manera de vestirse y arreglarse.