Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —¿Qué quieres decir con «enamorada»? —Aquella era la pregunta retórica del año—. Voy a deciros algo —añadió, cambiando bruscamente de tema—. Supongo que no es asunto mÃo, pero creo que va siendo hora de que os portéis juiciosamente.
—¡Pero si ya lo hacemos!
—¡Claro, naturalmente! —se burló ella con socarronerÃa—. En todos los sitios donde voy oigo historias de vuestras aventuras. Os aseguro que he pasado momentos muy difÃciles tratando de defenderos.
—No tenÃas que haberte molestado — dijo Gloria frÃamente.
—No digas eso, Gloria —protestó ella—, sabes que soy una de vuestras mejores amigas.
Gloria guardó silencio. Muriel continuó:
—El problema no es que una mujer beba, sino, más bien, como Gloria es tan bonita, y hay por todas partes tanta gente que la conoce de vista, que resulta naturalmente llamativo…
—¿Qué es lo que has oÃdo últimamente? —preguntó Gloria, permitiendo que la dignidad cediera ante la curiosidad.
—Por ejemplo, que aquella fiesta en Marietta mató al abuelo de Anthony.
Instantáneamente marido y mujer se sintieron terriblemente incómodos.
—¡Pero eso es una atrocidad!