Hermosos y malditos

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Luego los bosques desaparecieron y los reclutas se hallaron avanzando por un amplio espacio, semejante a la tostada corteza de una gigantesca tarta, adornada con el azúcar de lustre de una infinidad de tiendas de campaña formando figuras geométricas sobre su superficie. El tren se detuvo después de muchas vacilaciones; el sol y los postes de telégrafos y los árboles se desvanecieron; y el universo estuvo meciéndose cada vez más despacio hasta recuperar su aspecto acostumbrado, con Anthony Patch en el centro. Mientras los reclutas, cansados y sudorosos, se apresuraban a salir del vagón, Anthony advirtió ya el inolvidable aroma que impregna todo campamento permanente: el olor a basura.

Camp Hooker era un sorprendente y espectacular cáncer que sugería más o menos la siguiente apostilla: «Un poblado minero en 1870. La Segunda Semana». Estaba formado por un conglomerado de cabañas de madera y tiendas de color gris blancuzco, unidas mediante una red de caminos, con zonas para hacer la instrucción de suelo firme y color pardo, bordeadas de árboles. Aquí y allá se alzaban las casas de color verde del YMCA, oasis poco prometedores, con su olor a ropa interior húmeda y cabinas telefónicas cerradas… y frente a cada una de ellas había normalmente una cantina, rebosante de vida, indolentemente presidida por un oficial que, con la ayuda de una motocicleta con sidecar, conseguía de ordinario convertir sus deberes castrenses en agradable tertulia.


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