Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Dentro del vagón el calor se había hecho insoportable, y los reclutas estaban en mangas de camisa. El sol entraba por las ventanillas, un sol antiguo y cansado, amarillento como un pergamino, y deformado además al atravesar los cristales: quería entrar en triunfantes cuadrados y producía tan solo manchas alabeadas, pero, en cambio, su regularidad resultaba sobrecogedora, hasta el punto de que Anthony lamentaba no ser el eje de giro de todos aquellos insignificantes aserraderos y árboles y postes de telégrafos que danzaban tan deprisa a su alrededor. Afuera el sol descargaba sus agobiantes trémolos sobre caminos de color verde oliva y campos de algodón en barbecho, detrás de los cuales corría una desigual línea de bosques interrumpidos por salientes de roca gris. El primer término quedaba escasamente puntuado de miserables cabañas en pésimo estado de conservación, entre las cuales, de cuando en cuando, pasaba muy deprisa un ejemplar del lánguido campesinado de Carolina del Sur, o en otras ocasiones algún negro vagabundo de mirada perpleja y taciturna.