Hermosos y malditos

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Dot

Las relaciones de Anthony con Dorothy Raycroft fueron resultado inevitable de su creciente negligencia consigo mismo. No se acercó a ella ansioso de poseer lo deseable, ni sucumbió ante una personalidad más vital, más fuerte que la suya, como le había sucedido con Gloria cuatro años antes. Simplemente fue dejándose llevar por su incapacidad para tomar decisiones concretas. No sabía decir «¡No!» ni a los hombres ni a las mujeres; tanto el que venía a pedirle dinero como la que solicitaba su afecto se encontraban con un Anthony idealista y dócil. De hecho, raras veces tomaba decisiones, y cuando lo hacía no eran más que resoluciones medio histéricas, formuladas en los momentos de pánico provocados por algún horrorizado e irreparable despertar.

Lo que en esta ocasión le llevó a ceder fue la necesidad que sentía de estímulos exteriores. Tenía la impresión de que por primera vez en cuatro años iba a poder expresarse e interpretarse de nuevo a sí mismo. Aquella muchacha prometía tranquilidad; las horas que pasaba todas las tardes en su compañía aliviaban el enfermizo e inútil revolotear de su imaginación. Anthony se había convertido de verdad en un cobarde, en el absoluto esclavo de cien desordenadas ideas —constantemente al acecho—, puestas en libertad al desplomarse lo que hasta entonces había sido el carcelero jefe de su ineptitud: la auténtica devoción que Gloria le inspiraba.


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