Hermosos y malditos

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Aquella primera noche, mientras se despedían junto al portón, Anthony besó a Dot y quedó en volver a verla el sábado siguiente. Luego regresó al campamento, y con la luz de la tienda ilegalmente encendida, escribió a Gloria una carta muy larga, una carta radiante, llena de oscuro sentimentalismo, del recordado hálito de las flores, de auténtica y extremada ternura: cosas que Anthony había aprendido de nuevo por un momento en un beso dado y recibido bajo la intensa y cálida luz de la luna una hora antes.

El sábado por la tarde Anthony encontró a Dot esperándolo a la entrada del cine Bijou. Iba vestida, como el miércoles anterior, con su vestido lila del más delicado organdí, aunque sin duda lo había lavado y almidonado desde entonces, porque estaba muy limpio y sin arrugas. La luz del día confirmó la primera impresión de Anthony: de una manera incompleta y algo superficial, Dot era bonita. Había frescura en ella, y aunque sus facciones fuesen pequeñas e irregulares, resultaban elocuentes y encajaban unas con otras. Era una florecilla oscura y perecedera, y sin embargo a Anthony le pareció que poseía cierta capacidad de discreción, cierta fuerza extraída de su pasiva aceptación de todas las cosas. En esto el joven Patch se equivocaba.



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